Bruno Manara

Sinónimo de flora y fauna en Venezuela.

autores en circulos-10

Diógenes Morillo Kacijan

Hablar de Bruno Manara es, sin duda, llenarse de admiración y orgullo al repasar toda su trayectoria. Un hombre movilizado por sus pasiones y la forma como, en plena construcción como hombre y profesional, fue forjando un legado de belleza para todo un país. Son muchas las cosas que hay que agradecerle y, he aquí, un homenaje para su espíritu.

Bruno nació un domingo 3 de septiembre de 1939, en la ciudad italiana de Verona. Posteriormente, con tan solo 11 años, llega en el año de 1950 a Caracas, donde se encuentra con el que sería su gran amor e inspiración durante tantos años, el cerro El Ávila. Los caminos lo llevaron a estudiar en el Pedagógico de Caracas, donde se graduó como docente de Castellano y Literatura, para el año 1967. Su curiosidad se agigantaba a medida que iba entrando en contacto con el conocimiento, y para el año 1973 se gradúa en Letras de la Universidad Central de Venezuela.

Este hombre tan apasionado de la naturaleza y talentoso para el dibujo, un día, pues, descansando de sus labores académicas del Pedagógico, se le ve dibujando plantas en el Jardín Botánico de Caracas. Delineando y dibujando justo como le había enseñado su padre: “marcas la línea central primero, después haces así el contorno”. El para entonces jardinero en jefe del lugar, Augusto Braun, lo ve en esta faena y, muy impresionado, va a comentarle al director, Tobías Lasser. A partir de ese momento Bruno se convirtió en ilustrador del Jardín Botánico, pero solo una condición le puso Lasser: que pintara con tinta china, porque allí no se pintaba con colores!

Aves de Venezuela / Mariposas de Caracas

Fue así como fue tomando cada vez más aire su pasión por las letras y los idiomas. Bruno se convirtió en docente de griego bíblico y latín de la Facultad de Filosofía y Teología de la Universidad Católica Andrés Bello. Además quiso incorporar cursos de latín para botánicos. No obstante, el incansable Bruno daba clases de dibujo técnico en escuelas; uno de ellos el colegio Cumbres de Curumo, donde sus alumnos lo recuerdan: “un tipo demasiado gentil, bueno, tranquilo, controlado”.

Bruno invertía el tiempo en aquellas cosas que le apasionaban, es por ello que pasaba horas retratando con sus lápices la flora y fauna de nuestra Venezuela. También le encantaba subir El Ávila, a donde planificaba diversos paseos con sus estudiantes escolares; hasta el pico Naiguatá de hecho fueron una vez. Y, por supuesto, sus clases de griego y latín en la Universidad Central de Venezuela.

En la construcción de ese legado tan importante que nos ha dejado Bruno Manara, hay una cantidad considerable de textos entre los que figuran Mariposas del Ávila (1982), 25 mariposas de Caracas (1995), El Ávila, un museo viviente (2013).

Uno de los proyectos más importantes donde trabajó Bruno, fue, quizá, el de Flora of the Venezuela-Guayana de Julian Steyermark. Fue aquí donde participó como ilustrador y pudo, así, dar inicio al perfeccionamiento de su propia técnica: “Procuro hacer un trabajo lo más claro posible, lo más limpio posible. No tanta línea, tanto rayado para darle sombra. No me gusta así. Simplemente un dibujo. Me guié mucho por el del señor Dunsterville que hizo el libro Las orquídeas de Venezuela”.

Son muchas las cosas que le debemos a Bruno Manara, quien fue un venezolano que supo observar la belleza de nuestra tierra justo donde está, y allí mismo la fue a dibujar. Aunque nos haya dejado su forma el pasado 4 de septiembre, Bruno seguirá presente en todo sitio donde haya un libro suyo, en los ojos de quien contempla sus dibujos, en todas partes donde quiera ser recordado. Bruno Manara fue y, más importante aún, seguirá siendo.